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Desde San Lázaro. Manejo electoral de los programas sociales. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

05 May 2026
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Desde San Lázaro. Manejo electoral de los programas sociales. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

Los movimientos recientes en el gabinete de Claudia Sheinbaum y los ajustes paralelos en la estructura de Morena no son simples enroques administrativos. Responden a una lógica de control político que coloca en posiciones clave a perfiles de absoluta cercanía con la titular del Ejecutivo, particularmente en un terreno estratégico: el manejo del padrón de beneficiarios de los programas sociales, columna vertebral del proyecto de la llamada Cuarta Transformación.

En este nuevo diseño, dos figuras adquieren un peso específico determinante: Ariadna Montiel Reyes y Leticia Ramírez Amaya. Ambas quedan, en los hechos, sentadas en el control operativo y político de los programas asistenciales que hoy alcanzan a millones de mexicanos. No es una posición menor. Se trata del instrumento más eficaz de vinculación directa entre el gobierno y la ciudadanía, pero también —como ha sido señalado en múltiples ocasiones— de una poderosa herramienta de influencia electoral.

La apuesta de la presidenta es clara: concentrar en manos de perfiles leales la administración de estos programas, garantizando no solo su continuidad, sino su alineación política. En tiempos donde el oficialismo comienza a perfilar la ruta hacia los comicios intermedios de 2027, el control del padrón de beneficiarios adquiere una dimensión estratégica incuestionable.

Sin embargo, la decisión no está exenta de riesgos. Si bien Ariadna Montiel Reyes ha construido una trayectoria dentro del aparato gubernamental vinculada precisamente a la política social, su perfil ha estado más asociado a la operación que a la conducción política de alto nivel. En el caso de Leticia Ramírez Amaya, las dudas son aún mayores.

Su paso por la Secretaría de Educación Pública dejó más cuestionamientos que resultados. La gestión estuvo marcada por rezagos, conflictos administrativos y una falta de rumbo claro en uno de los sectores más sensibles del país. Colocarla ahora en una posición de influencia dentro de la estructura político-social del gobierno parece, cuando menos, una apuesta arriesgada.

El problema no es únicamente de perfiles, sino de enfoque. La presidenta parece privilegiar la lealtad sobre la experiencia partidista, en un momento en el que Morena enfrenta retos internos cada vez más complejos. La consolidación del partido como maquinaria electoral requiere operadores con conocimiento del territorio, capacidad de negociación y manejo de estructuras. Ninguna de estas características define plenamente a las funcionarias ahora empoderadas.

En San Lázaro, donde estas decisiones se leen con lupa, el mensaje es inequívoco: la Presidencia busca cerrar filas y reducir los márgenes de autonomía dentro del propio movimiento. En otras palabras, menos cacicazgos regionales y más control centralizado. Una estrategia que puede resultar eficaz en el corto plazo, pero que también puede generar tensiones internas si los cuadros desplazados o marginados deciden hacer valer su peso político.

No es un secreto que al interior de Morena existen distintas corrientes y liderazgos que han comenzado a disputar espacios de cara al futuro. La eventual salida de figuras relevantes o el reacomodo de posiciones clave alimenta estas tensiones. En ese contexto, el fortalecimiento de un círculo cercano a la presidenta puede interpretarse como un intento de anticiparse a posibles fracturas.

Aunque el discurso oficial rechaza el manejo electoral de los padrones de beneficiarios de los programas de política social, ya que insiste en su carácter universal y en su desvinculación de cualquier interés electoral, la realidad muestra que su operación siempre ha estado rodeada de sospechas. El control del padrón no es solo un asunto administrativo; es, en muchos sentidos, el corazón del poder territorial del oficialismo.

Por ello, los cambios actuales no pueden analizarse de manera aislada. Forman parte de una estrategia más amplia que busca consolidar una estructura política capaz de sostener al proyecto en el mediano plazo. La pregunta es si esa estrategia será suficiente frente a los desafíos que enfrenta Morena: los narcogobernadores, el desgaste en el ejercicio del poder, conflictos internos y una oposición que, aunque fragmentada, comienza a encontrar puntos de articulación.

El riesgo para la presidenta radica en apostar por perfiles cuya principal fortaleza es la cercanía personal, pero cuya capacidad para operar en escenarios complejos no ha sido plenamente probada. La política, a diferencia de la administración, no admite curvas de aprendizaje prolongadas.

Los relevos en el gabinete y los nombramientos en Morena no solo reconfiguran el mapa del poder, sino que delinean el estilo de gobierno de Claudia Sheinbaum. Un estilo que privilegia el control, la disciplina interna y la centralización de decisiones.

Queda por verse si esa apuesta rendirá frutos o si, por el contrario, terminará evidenciando las limitaciones de un equipo que, más allá de la lealtad, deberá demostrar resultados en un entorno político cada vez más exigente.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.