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Desde San Lázaro. Aseguradoras y hospitales privados al paredón. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

28 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Aseguradoras y hospitales privados al paredón. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Mx_Diputados

El negocio de los seguros de gastos médicos mayores en México ha dejado de ser, para miles de familias, un instrumento de protección de la salud y financiera para convertirse en una fuente constante de frustración y quiebra económica. En los últimos años, el costo de las pólizas se ha disparado —en muchos casos, duplicándose— sin que ello se traduzca en mejores coberturas o en una atención más eficiente. Por el contrario, el usuario enfrenta hoy un sistema opaco, plagado de “letra chiquita” y prácticas que, en los hechos, terminan por vaciar de contenido la promesa de respaldo en momentos críticos.

En este contexto, en la Cámara de Diputados comienza a tomar forma una respuesta legislativa. El diputado Jericó Abramo Masso ha impulsado una iniciativa que busca frenar los abusos de las aseguradoras y poner orden en la relación —frecuentemente discrecional— entre estas y los hospitales privados. Esta misma semana, tal vez hoy, el dictamen podría ser analizado y eventualmente avalado en la Comisión de Hacienda, lo que marcaría el primer paso hacia una regulación más estricta de un sector que ha operado con amplios márgenes de opacidad.

El problema de fondo es evidente: mientras las primas aumentan de manera sostenida, las condiciones para hacer válido el seguro se vuelven cada vez más restrictivas. Exclusiones, deducibles elevados, periodos de espera y cláusulas ambiguas son parte del menú cotidiano que enfrentan los asegurados. No son pocos los casos en los que, tras años de pagar pólizas costosas, los usuarios descubren —justo en el momento de necesitar el servicio— que su padecimiento no está cubierto o que el monto a desembolsar de su bolsillo resulta prácticamente prohibitivo.

Este fenómeno ha generado un creciente malestar social, particularmente entre sectores de clase media que ven en estos seguros una inversión necesaria para evitar el colapso financiero ante una emergencia médica. La percepción de abuso no es gratuita: responde a una combinación de incrementos desproporcionados en las primas, entre ellos por traslado del IVA y a la falta de transparencia en la prestación de los servicios.

A ello se suma un factor clave: la estrecha —y muchas veces poco regulada— relación entre aseguradoras y hospitales privados. En no pocas ocasiones, los costos hospitalarios alcanzan niveles exorbitantes, muy por encima de estándares internacionales comparables. Habitaciones, insumos, honorarios médicos y procedimientos son facturados a precios que, sin un seguro, resultarían simplemente inaccesibles para la mayoría de la población.

El resultado es un círculo vicioso: hospitales que encarecen sus servicios, aseguradoras que trasladan esos costos a los usuarios mediante primas más altas, y asegurados que, pese a pagar más, reciben menos cobertura efectiva. Un modelo que, lejos de proteger, termina por excluir.

Desde una perspectiva de política pública, el tema trasciende el ámbito privado. Fortalecer y hacer más accesible el seguro de gastos médicos mayores no solo beneficia a quienes pueden pagarlo; también tiene un efecto directo sobre el sistema de salud público. En la medida en que más personas recurran a servicios privados, se reduce la presión sobre hospitales públicos que hoy operan al límite de su capacidad.

Aquí es donde la discusión adquiere una dimensión social y política para el gobierno de la auto llamada Cuarta Transformación. Si bien el discurso oficial ha privilegiado el fortalecimiento del sistema público de salud, la realidad muestra que este no es suficiente para atender la demanda creciente. Ignorar el papel del sector privado —y, en particular, de los seguros médicos— sería cerrar los ojos a una parte fundamental del problema.

La iniciativa que se discute en San Lázaro apunta, precisamente, a corregir distorsiones. Entre los cambios que se contemplan están mayores obligaciones de transparencia para las aseguradoras, la estandarización de contratos para evitar cláusulas abusivas y mecanismos de regulación sobre los costos hospitalarios. Se trata, en esencia, de equilibrar la relación entre empresas y usuarios en un mercado donde la asimetría de información ha jugado históricamente en contra del consumidor.

En el terreno político, la iniciativa también pondrá a prueba la capacidad de consenso en la Cámara de Diputados. Aunque el tema genera simpatías transversales —pocos legisladores se atreverían a defender abiertamente a las aseguradoras en este contexto—, no faltarán resistencias del oficialismo.

Desde San Lázaro, la señal es clara: el tema ha llegado a la agenda legislativa y difícilmente saldrá de ella sin algún tipo de ajuste. Falta ver si la voluntad política de la presidenta Sheinbaum alcanza para transformar un sistema que, hasta ahora, ha privilegiado el negocio por encima de la protección. Porque en materia de salud, la letra chiquita puede ocasionar una sangría en el sistema de salud del país.

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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.