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Desde San Lázaro. El regreso de Citlali rumbo al 2027 y 2030. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

17 Abr 2026
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Desde San Lázaro. El regreso de Citlali rumbo al 2027 y 2030. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/CitlaHM

En política no hay movimientos casuales o improvisados. La salida de Citlalli Hernández de la Secretaría de las Mujeres para reincorporarse de lleno a Morena no es un simple relevo administrativo: es una señal clara de que la maquinaria electoral del oficialismo ya está en marcha, aunque falten todavía meses para que el calendario formal arranque.

Citlalli no se va por desgaste ni por crisis. Se va porque la necesitan en otro frente: el partido. Ahí donde hoy Morena enfrenta tensiones internas, disputas soterradas y una creciente fragmentación derivada del poder mismo. Gobernar une en la superficie, pero divide en el fondo. Y en ese terreno minado, la dirigencia requiere operadores políticos con oficio, lealtad probada y capacidad de contención.

Su paso por la Secretaría de las Mujeres fue, en términos políticos, discreto. Sin grandes sobresaltos, pero también sin un sello contundente que la posicionara como figura de política pública. Su verdadera fortaleza, lo saben en Morena, no está en la gestión institucional, sino en la operación política, en la construcción de acuerdos y en la interlocución con las distintas tribus del movimiento.

Por eso regresa.

Porque lo que viene no es menor. El 2027 no solo será una elección intermedia más. Estarán en juego 17 gubernaturas, la renovación total de la Cámara de Diputados y una larga lista de cargos locales que definirán el mapa político del país en la antesala de la sucesión presidencial. En otras palabras: será una elección bisagra.

De ahí que la eventual salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia nacional —aún en el terreno de los rumores, pero cada vez más insistentes— forme parte de un reacomodo más amplio. No se trata de nombres aislados, sino de piezas que empiezan a moverse en un tablero que ya apunta al 2030.

La lógica es sencilla: quien controle el partido en 2027 tendrá una ventaja decisiva rumbo a la sucesión presidencial. Porque más allá de las candidaturas, lo que estará en disputa es la capacidad de cohesión interna, la definición de reglas y, sobre todo, la distribución del poder.

En ese contexto, el regreso de Citlalli Hernández busca cumplir una doble función. Por un lado, fortalecer la estructura partidista con una figura que conoce los resortes internos de Morena. Por otro, intentar “enfriar” los conflictos que comienzan a escalar entre grupos, especialmente en los estados donde se renovarán gubernaturas.

No es un secreto que en Morena las candidaturas se han convertido en el principal factor de tensión. La falta de reglas claras (las encuestas no dejan contento a nadie) la percepción de imposiciones y la creciente influencia de los grupos cercanos al poder presidencial han generado inconformidad incluso entre militantes fundadores. En ese ambiente, la operación política se vuelve indispensable.

Porque si algo ha cambiado en Morena es su propia naturaleza. Pasó de ser un movimiento conformado por diversas corrientes políticas a convertirse en un partido de gobierno, y con ello llegaron los vicios que históricamente criticó: cuotas, cuates, conflictos de interés y luchas por el control territorial. La pregunta es si perfiles como el de Citlalli podrán contener esa dinámica o si, por el contrario, terminarán absorbidos por ella.

A la par de este movimiento, es previsible que el gabinete federal comience a experimentar ajustes. Algunos funcionarios buscarán convertirse en candidatos, lo que implicará su salida anticipada. Otros, simplemente, habrán agotado su ciclo y serán relevados sin mayor ceremonia.

En los pasillos de San Lázaro ya se habla de nombres. Desde titulares de dependencias con aspiraciones abiertas hasta figuras que, pese a su cercanía con el poder, han perdido eficacia política. El caso de Zoé Robledo, director general del IMSS, por ejemplo, aparece con frecuencia en las conversaciones, no necesariamente como un hecho consumado, pero sí como parte de esa lista de posibles relevos.

La lógica detrás de estos movimientos responde a una premisa básica: el gobierno debe alinearse con la estrategia electoral. No hay espacio para figuras que no sumen en el terreno político, por más capacidad técnica que tengan, la prioridad es ganar elecciones.

Y en ese objetivo, el control del partido es fundamental.

Por eso el regreso de Citlalli Hernández debe leerse como una apuesta estratégica. Morena necesita operadores más que administradores. Necesita disciplina interna más que discursos. Y, sobre todo, necesita evitar que sus propias divisiones se conviertan en su principal debilidad frente a la oposición.

Aunque hoy el partido en el poder mantiene una posición dominante, el desgaste natural del ejercicio gubernamental comienza a notarse. La elección de 2027 será la primera gran prueba de ese desgaste y, al mismo tiempo, el primer termómetro real de cara al 2030.

La rebelión en la granja del PVEM y PT, así como la irrupción de nuevos partidos políticos y el reposicionamiento del PAN, MC y PRI, anuncian una contienda política electoral muy intensa.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.