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Desde San Lázaro. Salud universal o padrón electoral. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Salud universal o padrón electoral. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/AgenciaGobMX

En México, las grandes reformas suelen comenzar con anuncios grandilocuentes y terminar enfrentándose con la realidad presupuestal. El reciente anuncio gubernamental para crear un sistema universal de salud, cuyo primer paso será un censo nacional acompañado de credencialización ciudadana para acceder a los programas del bienestar, parece encajar perfectamente en esa lógica: una narrativa políticamente rentable que llega justo cuando el calendario electoral comienza a marcar el ritmo de las decisiones públicas.

El gobierno lo presenta como un avance histórico hacia la cobertura total. Sin embargo, visto desde la operación real del Estado, el proyecto plantea más preguntas políticas que certezas sanitarias.

Porque el problema del sistema de salud mexicano no es saber cuántos ciudadanos existen ni identificarlos con una credencial adicional. El problema es que los hospitales están saturados, el personal médico es insuficiente, los medicamentos siguen faltando de manera intermitente y la infraestructura pública no crece al ritmo de la demanda.

Anunciar universalidad sin ampliar capacidades equivale a prometer acceso donde no existen condiciones materiales para garantizarlo.

La decisión de iniciar con un censo y una credencialización masiva revela la verdadera prioridad del proyecto: construir un padrón centralizado vinculado a los programas sociales del gobierno federal. No se trata únicamente de salud; se trata de integrar en una sola plataforma administrativa a millones de beneficiarios del bienestar.

Y ahí aparece inevitablemente la lectura electoral.

En un país donde los programas sociales representan el principal vínculo directo entre gobierno y ciudadanía, la creación de una nueva credencial que funcione como puerta de entrada a apoyos públicos fortalece la capacidad de movilización política del aparato gubernamental. La salud, así, deja de ser exclusivamente una política pública para convertirse también en una herramienta de consolidación política rumbo a los próximos procesos electorales.

No es casual el timing.

La universalización sanitaria se anuncia cuando el oficialismo busca consolidar su base social tras una transición presidencial y frente a elecciones intermedias que definirán el equilibrio político del Congreso. En términos políticos, ampliar beneficiarios equivale a ampliar expectativas; y las expectativas, en democracia, también generan lealtades.

El problema es que la realidad del sistema sanitario no admite discursos prolongados.

Desde la desaparición del Seguro Popular, el sector salud ha atravesado una reorganización permanente que aún no logra estabilizarse. Las instituciones continúan fragmentadas, los sistemas administrativos no están plenamente integrados y el financiamiento público permanece lejos de los estándares internacionales necesarios para sostener un modelo universal.

México destina significativamente menos recursos públicos a salud que países con cobertura efectiva. Sin una expansión presupuestaria estructural —que implicaría decisiones fiscales políticamente costosas— la universalización corre el riesgo de convertirse en un derecho nominal sin capacidad operativa.

En términos simples: más derecho en el papel, menos servicio en la realidad.

El decreto que incorpora a millones de mexicanos fuera de la cobertura gubernamental puede generar un efecto inmediato de inclusión administrativa, pero también un efecto acumulativo peligroso: saturación acelerada del sistema existente. Más pacientes buscando atención en hospitales que ya operan al límite inevitablemente incrementará tiempos de espera, presión sobre el personal médico y deterioro en la calidad del servicio.

El resultado podría ser paradójico: un sistema “universal” que atienda peor.

Se requiere conocer las tripas de este nuevo sistema de salud para darle sostenibilidad al modelo, preocupa la ausencia de un plan integral que acompañe el anuncio. No hay claridad sobre nuevas inversiones hospitalarias, formación masiva de especialistas, fortalecimiento del primer nivel de atención ni mecanismos de financiamiento de largo plazo.

Lo que sí existe es una estrategia de propaganda electoral: primero el anuncio político, después la construcción institucional.

El riesgo de gobernar mediante narrativa es que la realidad termina imponiéndose. En salud pública, las expectativas incumplidas tienen consecuencias profundas porque afectan directamente la vida cotidiana de las personas. Cuando una credencial promete acceso, pero el hospital no puede atender, la frustración social se multiplica.

Y esa frustración también tiene efectos políticos.

El gobierno apuesta a que la expansión simbólica de derechos consolide apoyo social. Pero si la experiencia ciudadana continúa marcada por filas interminables, citas médicas diferidas y falta de medicamentos, el capital político obtenido mediante el anuncio podría erosionarse con rapidez.

Universalizar la salud es un objetivo legítimo y necesario para cualquier Estado moderno. Lo cuestionable no es la meta, sino el método. Ningún sistema universal exitoso nació de censos administrativos; todos surgieron de inversiones sostenidas, planeación técnica y acuerdos institucionales amplios.

Hoy, en cambio, México parece recorrer el camino inverso: primero el registro, luego la promesa de servicio.

La interrogante central no es si el gobierno puede credencializar a millones de personas —eso es administrativamente posible— sino si podrá atenderlas cuando ejerzan el derecho que se les promete.

En materia de salud, la diferencia entre propaganda y transformación no se mide en credenciales emitidas, sino en camas disponibles, médicos y medicamentos suficientes y tratamientos garantizados.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.