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Desde San Lázaro. La corrupción carcome al IMSS. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

17 Feb 2026
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Desde San Lázaro. La corrupción carcome al IMSS. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Tu_IMSS

La corrupción que carcome al IMSS no es un asunto menor ni un simple diferendo administrativo: es una amenaza directa a la salud y a la vida de millones de derechohabientes. En momentos en que el Instituto Mexicano del Seguro Social enfrenta uno de los desafíos más complejos de su historia —mayor demanda de servicios, infraestructura insuficiente, presión financiera y el compromiso de elevar la calidad médica—, lo último que puede permitirse es que la opacidad y la colusión definan la asignación de contratos.

Bajo la dirección de Zoé Robledo, el IMSS ha insistido en un discurso de eficiencia, transparencia y combate a la corrupción. Sin embargo, los hechos documentados en distintas áreas del instituto revelan una realidad preocupante: licitaciones públicas diseñadas como traje a la medida para favorecer a empresas previamente acordadas; procesos en los que compiten supuestos rivales que en realidad comparten vínculos empresariales o políticos; y, peor aún, adjudicaciones directas otorgadas a proveedores que no cumplen con los estándares mínimos de calidad médica.

No se trata de tecnicismos administrativos. Cuando una empresa sin experiencia acreditada gana un contrato para suministrar insumos hospitalarios, equipos de alta especialidad o servicios subrogados, el riesgo no es abstracto: es el paciente que recibe un tratamiento deficiente, el equipo que falla en una cirugía o el medicamento que no cumple con la norma. En materia de salud pública, cada error tiene nombre y apellido.

La situación es particularmente grave en áreas sensibles como la Delegación Sur de la Ciudad de México y en unidades de alta especialidad como Cardiología, tan solo por citar algunos ejemplos. Ahí se han documentado violaciones a principios claramente establecidos en la Secretaría de Salud y sus disposiciones técnicas, incluyendo la Norma Oficial Mexicana “NOM” correspondiente a estándares de calidad y seguridad en la atención médica. Estas normas no son recomendaciones optativas: son lineamientos obligatorios cuyo incumplimiento puede traducirse en responsabilidades administrativas, civiles e incluso penales.

Los documentos disponibles muestran patrones reiterados: criterios de evaluación modificados a última hora, requisitos técnicos ambiguos que solo ciertas empresas pueden cumplir, y dictámenes que descalifican propuestas sólidas por detalles menores mientras se toleran omisiones graves en las compañías favorecidas. El resultado es un sistema capturado por intereses privados que operan con la complicidad —o al menos la omisión— de funcionarios encargados de salvaguardar el interés público.

Las consecuencias ya no pueden maquillarse. Existen casos en los que la deficiente calidad de insumos o servicios ha derivado en complicaciones médicas severas e incluso fallecimientos. Cuando la corrupción incide en decisiones clínicas o en la provisión de materiales críticos, deja de ser un delito patrimonial para convertirse en un acto profundamente irresponsable, cercano a lo criminal. La omisión deliberada frente a riesgos conocidos es una forma de violencia institucional.

 

En este contexto, Zoe Robledo no puede permanecer ajeno. Resulta indispensable revisar el desempeño y las decisiones de funcionarios clave como  Alba Alejandra Santos Carrillo , Director de Prestaciones Económicas y Sociales, así como de Rafael López Ocaña, Titular del órgano Administrativo Desconcentrado Sur y otros servidores públicos señalados por presuntos vínculos con proveedores y prestanombres. La confianza depositada en ellos no puede estar por encima de la obligación de rendir cuentas.

El IMSS no es una dependencia más: es la columna vertebral del sistema de seguridad social mexicano. Más de 70 millones de personas dependen directa o indirectamente de sus servicios. Cada contrato amañado, cada adjudicación discrecional, cada peso desviado a empresas coludidas erosiona no solo las finanzas institucionales, sino la credibilidad de un organismo que debería ser ejemplo de profesionalismo.

La transparencia no puede limitarse a publicar convocatorias y actas en portales electrónicos. Se requiere auditorías independientes, revisión exhaustiva de expedientes técnicos, verificación in situ de la capacidad real de los proveedores y, sobre todo, voluntad política para sancionar sin contemplaciones a quienes hayan traicionado su responsabilidad. No basta con deslindar responsabilidades hacia niveles intermedios; la cadena de mando debe asumir su parte.

Los documentos que acreditan irregularidades, corresponde activar los mecanismos institucionales: órganos internos de control, la Auditoría Superior de la Federación y, en su caso, la Fiscalía General de la República. La impunidad es el fertilizante de estos esquemas. Mientras no haya consecuencias claras y ejemplares, las redes de colusión seguirán operando con la seguridad de que el costo es mínimo frente a las ganancias obtenidas.

Hoy el IMSS se encuentra en una encrucijada. Puede optar por una revisión profunda que limpie sus procesos y fortalezca su capacidad de respuesta ante la creciente demanda, o puede permitir que la corrupción siga socavando desde dentro la calidad de los servicios. Lo que está en juego no es la reputación de un funcionario ni la estabilidad de un grupo administrativo: es la vida y la dignidad de millones de derechohabientes.

(CONTINUARÁ)

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.