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Peso ‘tropieza’ frente al dólar por pistas sobre el rumbo de la Fed: ¿Cómo abrió el tipo de cambio HOY?

27 Ago 2026
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Peso ‘tropieza’ frente al dólar por pistas sobre el rumbo de la Fed: ¿Cómo abrió el tipo de cambio HOY? Imagen tomada de: https://x.com/ElFinanciero_Mx
  • El peso mexicano opera con pérdidas marginales ante el comienzo del simposio de Jackson Hole, donde se buscarán más pistas sobre el rumbo de la Fed

El peso mexicano presenta pérdidas marginales al comienzo de las operaciones como resultado de la cautela ante el comienzo del simposio de Jackson Hole, donde se buscarán más pistas sobre el rumbo que tomará la política monetaria.

Las cifras de Bloomberg ubican a la moneda mexicana alrededor de los 16.9633 pesos por dólar, lo que representa una depreciación de 0.04 por ciento o 0.64 centavos, con respecto a su cierre anterior.

Para el resto de la sesión, Felipe Mendoza, analista de mercados EBC Financial Group, anticipa un comportamiento del tipo de cambio en un rango acotado de consolidación, el diferencial de tasas que aún mantiene Banxico y la entrada de divisas por exportaciones energéticas no tradicionales actúan como un amortiguador a favor del peso.

Además, la volatilidad derivada de Jackson Hole y las fricciones comerciales dentro del T-MEC imponen un techo claro apreciatorio, proyectando un sesgo de volatilidad neutral a alcista para el par USD/MXN durante el día.

¿Cómo opera el dólar en ventanillas bancaria HOY 27 de agosto?

En ventanillas bancarias, el precio del dólar ahora se coloca en los 17.41 pesos cada uno, según los datos publicados por Banamex.

A la par, el índice dólar (dxy) que se encarga de medir la fortaleza de la moneda norteamericana frente una cesta conformada por seis países desarrollados reporta una baja de 0.04 por ciento, en los 99.13 enteros. Por su parte, el índice dólar de Bloomberg (bbdxy) resta 0.05 por ciento en las mil 194.15 unidades.

En el mercado de dinero, el rendimiento del bono a 10 años para Estados Unidos es de 4.65 por ciento, mientras que el bono a 10 años en México se mantiene en un nivel de 9.17 por ciento.

Además, entre las divisas más depreciadas se encuentra, el rublo ruso con 2.33 por ciento, el florín húngaro con 0.43 por ciento, el zloty polaco con 0.33 por ciento, el ringgit de Malasia con 0.16 por ciento, la rupia india con 0.14 por ciento y el rand sudafricano con 0.14 por ciento.

Con información de: El Financiero

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.