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SAT recauda 948 mil 983 mdp y supera meta programada para febrero 2025

11 Mar 2025
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SAT recauda 948 mil 983 mdp y supera meta programada para febrero 2025 Imagen tomada de: https://x.com/SATMX
  • El SAT tuvo una alta recaudación por ISR e IVA en este primer bimestre del año

 

El Servicio de Administración Tributaria (SAT) informó que durante el primer bimestre del 2025 la recaudación tributaria alcanzó 948 mil 983 millones de pesos, con lo que superó con 33 mil 974 mdp la meta programada en la Ley de Ingresos para el período.

 

Con esta cifra se alcanzó un cumplimiento del 103.7 por ciento de la meta proyectada por Hacienda a febrero del 2025, toda vez que en el calendario mensual del pronóstico de los ingresos del sector público para 2025, se estimaban 915 mil 9.7 millones de pesos.

 

Los impuestos recolectados durante los primeros dos meses del año significaron un incremento de 109 mil 639 millones de pesos en comparación con el mismo periodo del 2024. Es decir, se obtuvo un crecimiento real del 9.1 por ciento, subrayó el SAT.

 

El órgano recaudador precisó que en los dos primeros meses del año se captaron 508 mil 432 millones de pesos por concepto de impuesto sobre la renta (ISR).

 

Con este resultado se observa una recuperación en la captación del ISR, toda vez que se habían proyectado en la Ley de Ingresos 494 mil 631.8 para el bimestre.

 

Esto significa un crecimiento de 48 mil 596 millones de pesos más respecto al ejercicio anterior y un aumento del 6.7 por ciento en términos reales.

 

Por impuesto al valor agregado (IVA) se obtuvieron 281 mil 193 millones de pesos, con lo que superó por mucho la previsión de Hacienda de 253 mil 931.9 mdp.

 

La autoridad fiscal destacó que lo cobrado por IVA representó un incremento de 51 mil 120 millones de pesos, comparado con el primer bimestre del año pasado, una variación del 17.9 por ciento en términos reales.

 

James Salazar, subdirector de análisis de CI Banco, expuso que el resultado del IVA podría reflejar un anticipo de operaciones de comercio exterior por parte de los agentes económicos, ante la incertidumbre por la probable aplicación de aranceles en Estados Unidos.

 

Por su parte, en la recaudación del impuesto especial sobre producción y servicios (IEPS), los ingresos se ubicaron en 119 mil 311 millones de pesos, es decir, 4 mil 146 millones de pesos más en términos nominales en comparación con el primer bimestre del 2024.

 

Con Información de: El Financiero
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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.