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Ejército da golpe de Estado en Sudán; arresta al presidente

11 Abr 2019
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EL CAIRO.- El Ejército en Sudán derrocó y arrestó al presidente Omar al-Bashir este jueves, además de anunciar que se hará cargo del país durante los dos próximos años después de casi cuatro meses de protestas contra su Gobierno, informó el ministro de Defensa.

Awad Mohammed Ibn Ouf dio el mensaje a través de la televisión estatal, vestido con uniforme militar. Aseguró que después de dos años se llevarán a cabo “elecciones libres y justas”.

Agregó que los siguientes tres meses permanecerá declarado un estado de emergencia y que el Ejército también suspendió la Constitución, cerró fronteras y el espacio aéreo.

Ouf también dijo que el Gobierno y la Presidencia quedaron disueltos, además de imponer un toque de queda nocturno.

Antes del anuncio, miles de sudaneses marcharon hacia el centro de la capital del país, Jartum, entre canciones y bailes, después de que, según dos fuentes de alto nivel, el Ejército forzara la renuncia de Al-Bashir, tras 30 años en el poder.

Las noticias sobre la destitución de Al-Bashir llegan apenas una semana después de que el presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, renunciara al poder después de 20 años en respuesta a manifestaciones similares. Las protestas masivas mostraban grandes semejanzas con los alzamientos populares registradas en 2011 en varios países árabes y que derrocaron a líderes en Túnez, Libia, Egipto y Yemen.

Las protestas comenzaron el pasado diciembre con marchas contra la crisis económica, pero no tardaron en ampliarse para incluir peticiones de que se pusiera fin al gobierno de Al-Bashir. Ganaron inercia la semana pasada tras la renuncia de Buteflika.

Al-Bashir, quien es un paria en muchos países, está buscado por la Corte Penal Internacional por las atrocidades cometidas en Darfur.

Testigos en Jartum contaron que había soldados custodiando instalaciones y puntos clave de la ciudad desde la mañana.

En las calles y en las inmediaciones de los puentes sobre el Río Nilo había vehículos militares blindados y tanques estacionados, señalaron, además de en las inmediaciones del cuartel general del Ejército, donde miles de personas esperaban ansiosas la declaración de los militares. Los testigos hablaron bajo condición de anonimato por temor a represalias.

Miles de manifestantes, entre los que había mujeres con hijos, llegaban a la sede militar este jueves aplaudiendo y ululando, y muchos hacían el signo de la victoria. También había reportes no confirmados sobre el cierre del aeropuerto de la capital sudanesa.

Antes del esperado anuncio del Ejército, la radio sudanesa emitió marchas militares y música patriótica. La televisora estatal interrumpió su programación habitual para emitir únicamente el breve anuncio de que habría un "importante comunicado de las fuerzas armadas pronto, esperen”.

 

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.