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¡Arrivederci, Ennio!

07 Jul 2020
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  • El compositor de la banda sonora de 'El Padrino' hizo de la música un imaginario sonoro del gran cine. 

Jamás rechazó musicalizar una película una vez visto el montaje. Ennio, siempre respetuoso, pensaba que no le correspondía hacer un juicio crítico sobre una obra que no estaba terminada: “Y como no le he puesto la música, está claro que una película todavía no está terminada”.

 

Naturalmente. Ennio Morricone habla (en un reportaje de Canal+ por la edición 79 del Oscar en 2007) como heredero de la lírica italiana, de la ópera, ese espectáculo total que de alguna manera llevó a la pantalla. Es a la luz de esta herencia que terminó de construir la grandeza de enormes –y también de no tan grandes– obras cinematográficas. Poeta servicial, tomó la imagen como telón de fondo de un escenario compartido e hizo del cine una forma de su canto.

 

¿Quién más haría del oboe (¡del oboe, que Prokofiev inmortalizó como el timbre inconfundible de un pato!) la voz de la piedad, de la misericordia de Dios en la Tierra, como una lanza de aliento sobre el tremor (¡El horror, el horror!, diría Conrad) de las cataratas del Iguazú?

 

En Morricone los instrumentos musicales son personificación y rasgo de carácter: es el brillo mediterráneo de sus mandolinas aquello que cubre de un halo dorado los códigos sangrientos de la Sicilia neoyorquina.

 

El artista esculpió con materia sutil el pathos de múltiples mundos, épocas e historias. Así inventó un sonido –el sonido– del Gran Oeste: convirtió en melodía el silbido del viento estepario y llevó a la tensión de una cuerda de guitarra la promesa de muerte en el ceño insondable de Clint Eastwood.

 

Hijo de un trompetista y de una ama de casa, Ennio nació en 1928, en la Roma fascista, en el barrio de Trastevere. Heredó las dotes del padre, que pulió en el Conservatorio de Santa Cecilia de Roma y sublimó como autor de obras de cámara, de canzone y, hacia 1955, de música incidental.

 

Bajo la influencia de su maestro Goffredo Petrassi comenzó a hacer carrera en el ámbito de la música de vanguardia, incluso tomó un seminario con John Cage en Darmstadt, escena que vio triunfar a Luciano Berio y Luigi Nono en el 60, a donde se encaminaba (¿a dónde hubiera llegado?) de no haber sido por cuestiones económicas que le convencieron de afianzar su camino en las series de televisión y más tarde el cine, que le ganó fama, en principio, al colaborar con Bernardo Bertolucci y su amigo de la escuela, Sergio Leone.

 

Fue en buena medida el éxito de su trabajo en los spaghetti westerns de Leone, primero con Por un puñado de dólares (1964) y sobre todo a causa de El bueno, El malo y el feo (1966), que la promesa vanguardista que se desplegaba en el Gruppo Internazionale d’Improvvisazione se dedicó de lleno al cine. Más de medio millar de bandas sonoras trazan la ruta de su “música absoluta”, que influyó a generaciones de creadores de cine y rock: de Passolini a Tarantino; de Joy Division a Muse, Metallica o Radiohead.

 

A un mes de obtener el Premio Princesa de Asturias de las Artes, Morricone selló con una carta el desenlace fatal de una caída previa, con ruptura de fémur, que terminó con su vida la madrugada de ayer en un hospital de Roma. La misiva, profundamente amorosa, que dirigió a familiares, amigos, y en especial a su esposa, María, revela la sencillez del artista, que solicita un funeral discreto.

 

 

Con información de: El Financiero

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.