Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

La vida, un enigma “Daisaku Ikeda”

15 Jun 2020
485 veces

La profundidad del budismo en temas como el cosmos y la vida, el concepto budista de la vida y la  muerte, se abordan en este libro de Ikeda sensei, dejando al descubierto la respuesta a múltiples inquietudes que han agobiado a los hombres a lo largo de los siglos.

A continuación citaré textualmente las reflexiones del tercer presidente de la Soka Gakkai Internacional; uno de los hombres más ilustre, compasivo y sabio que existe en la actualidad.

El budismo es una gran cámara de tesoros de capacidad infinita, que proporciona a la humanidad la respuesta a los eternos  interrogantes de la vida y le establece las metas por las que vale la pena vivir, empero, debido a la tremenda profundidad del budismo, a su enorme amplitud y debido a que muy rara vez ha sido explicado en términos fácilmente aplicables a la realidad de todos los días, aun en oriente, ha sido una cámara de tesoros escondida en peligro de caer en el olvido.

EL COSMOS Y LA VIDA

La fuerza vital fundamental, al moverse con el ritmo milagroso del cosmos, se manifiesta en una infinidad de formas misteriosas. Existe en los objetos insensibles tanto como en la vida de pájaros y mariposas. El cuerpo humano es simplemente la manifestación más delicada y maravillosa de esta fuerza vital, pero lo que llamamos ley física de la vida, incluye no solo el cuerpo humano y su funcionamiento, sino la totalidad de este mundo dinámico del aquí y ahora, en donde la fuerza vital se manifiesta en forma perceptible

Cuanto más progresa la ciencia, más se aproxima a las ideas budistas. Los seres vivos reciben la fuerza vital de la existencia cósmica fundamental, que proporciona la energía a los movimientos rítmicos de la vida en todo el cosmos. La sabiduría del budismo reconoció hace tiempo la existencia de esta fuerza vital.

En la más íntima profundidad de todos los seres existe esta fuerza primaria que hace vivir a los seres vivos. La misma fuerza sustenta la materia inorgánica y fabrica con ella las armonías y los ritmos de la gran existencia cósmica. En el budismo, esta fuerza alimentadora de todo recibe muchos nombres, pero el mejor es MYOHO, la Ley Mística. Es la fuerza activa necesaria para toda la vida, la fuerza que crea y recrea toda existencia espiritual y física.

De la misma manera la fuerza vital construye el mundo del espíritu, crea la inteligencia, da origen a la conciencia, proporciona fuerza a las ansías y a los instintos y de ese modo crea todas las variantes de la actividad mental y espiritual. Esto es lo que otras religiones llaman Dios, pero se diferencia de Dios en cuanto es de una inmanencia perfecta al cosmos y a la vida humana. No se trata de una fuerza exterior al cosmos, sino del cosmos en si. La verdadera naturaleza del cosmos y de la vida es la fusión en una entidad de la ley física de la vida y la ley espiritual de la vida. Esta fusión es el proceso por el cual la vida se crea y se propaga en el infinito.

Nichiren Daishonin expresaba por lo tanto que el universo está realizando los movimientos rítmicos en los cuales el mundo físico y el espíritu cósmico son una cosa.

La ley espiritual de todos los seres vivientes se funda en la vida cósmica en sí. La vida del universo y la vida de un ser humano tienen, en su núcleo, la fuerza vital fundamental, ambos toman parte en la fusión y en todos los movimientos rítmicos de esta fuerza vital, en ambas existe el cambio continuo y constante.

Basar nuestra vida en la Ley Mística es el camino fundamental para lograr fuerza y felicidad como seres humanos y tal es la única vía de acción apropiada para los seres humanos. Existe en el mundo actual demasiada gente que no recibe un flujo adecuado de energía cósmica de la fuente fundamental y que, en consecuencia, padece tensiones e infelicidad. Quiero decir aquí que el significado fundamental de la práctica del budismo es llevar a estas gentes a una revolución humana.

La Ley Mística es la fuerza y la sabiduría inherentes al cosmos entero, que es, en sí, la fuente de todos los fenómenos físicos y espirituales.

Cada vida humana, junto con su ambiente, participa de la fuerza vital fundamental del cosmos. En consecuencia, cualquier cambio en la condición vital de una sola vida humana puede, en las entrañas de la vida misma, ejercer una influencia sobre otras vidas humanas. Y, puesto que la naturaleza y el cosmos son entidades vivientes, las ondas que emanan de una vida humana pueden, no solo conmover los fundamentos de otros seres vivientes, sino también afectar cosas que, habitualmente, consideramos carentes de vida.

El futuro depende del esquema vital de cada individuo y del modo en que él expresa la fuerza vital del cosmos. Si los seres humanos abren los ojos al ritmo armonioso del universo y coexisten pacíficamente con todas las formas de vida, realizarán la función de la hebra de la vida y avanzarán hacia la creación de un universo nuevo, en donde la humanidad esté llena de amor, confianza y compasión. Entonces el funcionamiento de la mente humana hará que el ser viviente que es la naturaleza continúe con su obra creadora. El funcionamiento armonioso del cuerpo cósmico, apoyado por seres que cuidan el Cosmos Único, trabajará, a su vez, para sostener la vida humana en un sentido tan completo como si fuera una Vida Única.

Cuando hayamos descubierto como emplear nuestra fuerza vital en la creación y el fomento de la vida, tanto en el nivel humano como cósmico, cuando hayamos el modo de vivir en verdadera armonía con el universo, entonces la filosofía de la unidad entre la existencia subjetiva y el ambiente objetivo se habrá convertido en la gran filosofía práctica salvadora de la humanidad.

En realidad, la comprensión de la naturaleza siempre cambiante de todas las cosas es la clave de la verdadera felicidad, pues significa que cualquier situación, por mala que sea, debe cambiar. No hay desgracia permanente ni mal insuperable.

Nuestros deseos, nuestras esperanzas y ambiciones son fuerzas poderosas que existen en nuestra anterior para la manipulación del futuro. Son fuerzas generadoras que crean el futuro. Perder las esperanzas o renunciar a las propias metas por las dificultades del momento es reducir el potencial de la propia vida.

La Ley Mística contiene toda la vida del pasado infinito y toda la vida del futuro eterno. Dentro de ella, las clasificaciones fenoménicas del pasado, presente y futuro no existen. El pasado y el futuro se funden con el presente momentáneo en una gran unidad. La eternidad es una sucesión de presentes momentáneos. La Ley Mística es, aun tiempo, momentánea y eterna.

Las personas dotadas de decisión y esperanza utilizan el pasado y el futuro para llenar el momentáneo presente, acelerando así el flujo de la vida dentro de sí. Para expresarlo de otro modo: un pasado rico y un presente rico aseguran un rico futuro. Todo gira en un círculo eterno, el punto de partida de ese círculo es ese único momento de la vida llamado presente. Si vivimos en plenitud cada momento presente, el pasado infinito y el futuro infinito enriquecerán nuestra vida con un fluir constante de la fuerza vital cósmica. Un momento de nuestra vida se convertirá en manifestación de la Ley Cósmica que incluye todo el tiempo, en ese sentido el momento en sí se convierte en eternidad, mientras nuestro flujo vital se fusiona indeleblemente con el flujo vital del cosmos.

Pero el factor necesario es la decisión, una decisión compuesta de esperanza y optimismo, una decisión tan grande como el cosmos y tan larga como el tiempo mismo; la decisión de seguir las obras y principios fundamentales del universo. En un sentido concreto, nos hace falta la voluntad para lograr la paz y prosperidad eternas para la humanidad y para todas las cosas. La resolución de eliminar el sufrimiento y el dolor. La conciencia plena de la misión de vivir y dejar vivir como seres humanos auténticos y completos.

El espacio vital de cada persona es un reflejo de su yo.

El espacio vital en constante expansión aumenta nuestra fuerza vital y nos hace sentir ligeros de cuerpo y mente. Cuando la existencia está llena de vitalidad, la energía se extiende a todas las partes del cuerpo, entonces dejamos de sentir la pesadez de la carne. Debido a la unidad de los elementos físicos y espirituales, el cambio que se produce en la mente se refleja, misteriosamente, en el cuerpo. Cuando la mente tiene amplio espacio espiritual, el cuerpo se siente libre de moverse a voluntad, ligero y con alegría.

Puesto que el tiempo y el espacio físicos se funden en un solo continuo, resulta razonable suponer que, en las raíces de nuestra fuerza vital, ocurre lo mismo con el espacio y tiempo subjetivos. Cuanto más nos acercamos a la fuente de nuestra fuerza vital, mayor es  nuestro espacio subjetivo, hasta que llega a abarcar a todos los seres humanos, toda la vida, la tierra y las estrellas y todo el espacio físico, convirtiéndose en una cosa con el cosmos ilimitado. A esa altura deja de existir las diferencias físicas. La vida humana, las partículas elementales, los animales, las plantas, el sol y las estrellas, todas las cosas, animadas e inanimadas, se fusionan en las infinitas pulsaciones de la fuerza vital cósmica. A su vez, esta fuerza vital produce y activa todos los fenómenos del cosmos. La manifestación de esta existencia última se llama NAM MYOHO RENGUE KYO.

EL CONCEPTO BUDISTA DE LA VIDA.

En sus escritos de año nuevo Nichiren Daishonin (Mushimochi Gosho) dice: Ante todo, en cuanto al interrogante en donde están verdaderamente el infierno y el Buda, un Sutra dice que el infierno existe bajo tierra y otro Sutra que el Buda está en el oeste, sin embargo, una investigación más ajustada revela que ambos existen en nuestro metro y medio de estatura.

El budismo reconoce diez estados o reinos donde puede existir el yo individual. En el sentido universal, son diez categorías de existencia en las cuales caen todos los seres vivos en cualquier momento. (jikkai)

1.-Infierno, 2.-Hambre. 3.-Animalidad. 4.-Ira 5.-Humanidad 6.- Exaltación 7.- Aprendizaje 8.-Comprensión 9.-Bodhisattva 10.-El estado de Buda.

La filosofía de los Diez Mundos es una filosofía pragmática. Posibilita al yo elevarse por sobre el tormento y la desesperación para llevar una vida digna de ser vivida. Debemos tratar de desarrollar el concepto de los Diez Mundos en sus formas más universales y cósmicas, que son la filosofía de la Mutua Posesión de los Diez Mundos y la teoría de los Tres Mil Mundos Posibles en cada Momento Vital

El proceso por el cual nacemos en la Tierra como seres humanos demuestra la insondable belleza y la compasión de la fuerza vital cósmica. Deberíamos sentirnos eternamente agradecidos por la potencialidad que, como a seres humanos, se nos ha otorgado. Tras haber nacido en tal estado y con la potencialidad de la humanidad, a nosotros nos corresponde pulir la inteligencia y la bondad que en nosotros hay para procurarnos una verdadera libertad.

La compasión budista contiene un elemento de “dolor” lo cual lo diferencia del “ama a tu prójimo” cristiano, de la “benevolencia” confuciana y del concepto común de la filantropía. “Dolor” significa compartir el dolor ajeno, por ello es preciso experimentarlo en carne propia. La compasión es un tipo especial de conocimiento que implica identificarse con el estado fundamental de la vida de otro.

Nichiren Daishonin escribió en el Ongi Kuden “La gran compasión es como la empatía de una madre por su hijo; es la compasión de Nichiren y sus discípulos”. Tal vez la similitud más importante entre la compasión budista y el amor materno es que ambos son totalmente incondicionales

En el estado de Bodhisattva toda la vida es sustentada por la fuerza de la compasión.

El Bodhisattva debe tener coraje para desafiar las mismas fuentes del mal. Sin ese coraje no puede pretender superar los elementos diabólicos que hay en él y en otros. A menos que derrote esas fuerzas malignas, no puede dar felicidad a los demás. En una escritura budista, se llega a decir que el significado de la palabra Bodhisattva es “coraje”

La energía vital fundamental fluye bajo la forma de sabiduría y compasión. El yo, demasiado propenso al egoísmo, poco a poco asume un carácter más altruista. Crece en sabiduría, criterio y conciencia; sus deseos espirituales se tornan más fuertes.

Sobre el 10º estado, el de la iluminación/budeidad:

 

"En el mundo actual, la persona en quien se expresa la naturaleza de Buda se presenta a primera vista como un hombre de sentido común, es una persona bien integrada, con un fuerte sentido de la responsabilidad y una fe poderosa, amistoso para con los otros y capaz de pensar con flexibilidad. Por sobretodo es rico en compasión, sabiduría y creatividad. Las personas que alcanzan el estado de Buda pueden no parecer excepcionales a primera vista, actúan como Bodhisattvas de la Tierra, capaces de llevar la vida benévola porque están apoyados de la fuerza vital del Buda, por la tierra que es una misma cosa con la ley mística.

 

Los Bodhisattvas de la Tierra comprenden todos los aspectos de la vida en el universo y los principios ocultos bajo ellos, también comprenden la sociedad que los rodea y la tendencia de los tiempos. Al absorber la energía cósmica, descubren que su propia fuerza vital aumenta ilimitadamente, y su libertad se extiende a todo el universo. Su júbilo es el goce de los goces, un éxtasis indescriptible que surge libre y espontáneamente de la esencia más íntima de la vida, experimentan goce en el vivir, en la tierra, en los árboles y las flores, en los rostros y los movimientos de la gente, todo está coloreado por el regocijo. Cada aliento, cada gesto de la mano, cada paso ocasionan júbilo, gratitud, amor a la vida. El nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte ya no son sufrimientos, sino parte de la alegría de vivir. La luz de la sabiduría ilumina todo el universo destruyendo la innata naturaleza oscura del hombre. El espacio vital del Buda se une y fusiona con el universo, el ser se convierte en el cosmos. En un solo instante, el fluir de la vida se estira hasta abarcar todo lo pasado y futuro, en cada momento del presente la eterna fuerza vital del cosmos brota como una gigantesca fuente de energía. En la vida del Buda, cada momento presente contiene la eternidad, pues toda la fuerza del cosmos se encuentra comprimida en un sólo momento de existencia, la persona que alcanza el estado de Buda, apenas tiene consciencia del paso del tiempo físico, pues su vida es plena y feliz en cada instante, como si estuviera experimentando la alegría de vivir a lo largo de toda la eternidad"

 

Ninguno de los diez Mundos está aparte de los otros. Todos se funden en una sola entidad de la vida, en acción perpetua, aun cuando solo estén en la condición potencial de KU. Cada uno de los Estados contiene a todos los otros, en cualquier momento puede ser suplantado por cualquiera de los otros. Teóricamente es posible que los diez Estados se manifiesten en forma ascendente. Desde el infierno al estado de Buda, pero eso es cuestión de causalidad. La desdichada verdad es que son demasiados quienes sólo experimentan los Tres Senderos del Mal o los seis primeros Estados, mientras que permanecen en total ignorancia con respecto a los estados de Bodhisattva y Buda.

Cuando un ser humano basa su vida en el ideal de Buda, puede hacer algo más que limitarse a soportar los sufrimientos. Las experiencias en los estados inferiores de la existencia se convierten en oportunidades para el desarrollo. El dolor y la pena se convierten en fuentes de simpatía y compasión y por los demás, pues al fin de cuentas, solo quienes han experimentado el sufrimiento pueden comprender plenamente a quienes sufren.

El sufrimiento humano presenta naturaleza dual. Puede ser causa de angustia o un incentivo mayor de desarrollo. Si desesperamos ante él, estamos perdidos; pero si lo consideramos como oportunidad para desarrollarnos y mejorar, descubrimos que nuestra experiencia nos capacita para conducir mejor a otros hacia la felicidad. Cuando así obramos estamos manifestando el estado de la naturaleza del Bodhisattva

El estado de Buda está dotado de infinita compasión y sabiduría. La sabiduría de Buda penetra hasta la naturaleza diabólica que subvierte la vida y trata de destruirla. La compasión de Buda proporciona la energía necesaria para superar esa fuerza maligna. De este modo la sabiduría y la compasión del Buda se manifiestan los nueve estados. Por esta razón no debemos evitar las dificultades y los desafíos de los nueve estados, sino enfrentarlos cara a cara y superarlos, convirtiéndolos en experiencias valiosas. Si uno trata de evitar las dificultades pierde la oportunidad de desarrollarse y mejorar. Evitar problemas equivale a sucumbir ante las ilusiones de los nueve estados. Por cierto, la persona que basa su vida en el ideal de Buda busca nuevas dificultades y nuevos desafíos que superar, en bien del mundo y para su propio crecimiento.

Los diez factores de la vida están enumerados en el capítulo Hoben del Sutra de Loto. “Solo los Budas pueden comprender y compartir la realidad de las leyes del universo Estas leyes son: la apariencia, la naturaleza, la entidad, el poder, la influencia, el efecto manifiesto y la coherencia del principio al fin.

Nuestra vida cambia constantemente de uno a otro de los diez mundos y los diez factores ofrecen un modo de examinar y comprender cualquier condición momentánea de la vida en su forma verdadera y exacta.

La fuerza vital se manifiesta de modos compatibles con los diez mundos de nuestras vidas siempre cambiantes. En general, es obvio que el poder o energía motivadora aumenta en potencia y mejora en calidad a partir de los mundo inferiores hasta los más altos de la existencia; si una persona progresará a través de estos mundos, de uno en uno, adquiriría gradualmente la energía necesaria para resistir el dominio de los impulsos físicos con exclusividad. En los Mundos superiores comienza a desplegar energías sociales, espirituales y psíquicas; si avanza lo suficiente, adquiere el poder de la compasión, que abarca todas las otras energías y las encamina hacia el alivio del sufrimiento ajeno, para otorgar paz a otros. La compasión es la activación suprema de la fuerza vital humana y la encarnación de los valores más altos de nuestra existencia.

El budismo enseña que los conceptos de espacio y tiempo son inmanentes a la vida humana, coexistentes e inseparables.

El Sutra de Shinjikan dice “Si quieres conocer la causa pasada, mira el efecto presente; si quieres conocer un efecto futuro, mira la causa presente. Todo está integrado en este momento. El tiempo y el mismo espacio.

El principio revelado en los Tres Mil Mundos Posibles en Cada Momento de la Vida requiere los más altos ideales, la mayor decisión y un esfuerzo constante. Entonces podrán quienes comprenden este principio influir sobre todo tipo de personas, además de cambiar su ambiente. Los hombres de fe, integrados con la Ley Mística, se esfuerzan por vivir según ella manda; ellos desean iniciar la reacción en cadena que lleva la creación de la tierra eterna e iluminada, un mundo donde todos puedes desarrollar su propio Buda.

VIDA Y MUERTE.

Mi impresión es que, si bien puede parecer que la conciencia se desvanece en el momento de la muerte, tal como ocurre cuando estamos profundamente dormidos, no se ve totalmente aniquilada. Antes bien, se sumerge en las profundidades de la vida y se unifica con la fuerza vital universal del cosmos.

La vida y la muerte son como las formas físicas de la lluvia. El agua es un líquido visible; el vapor, un gas, con frecuencia invisible. Pero ambos consisten en moléculas que contienen dos átomos de hidrógeno y un átomo de oxígeno. Del mismo modo. Vida y muerte son solo dos aspectos de la misma existencia fundamental, que pasa de un estado al otro y vuelve a comenzar, en círculos interminables.

Cuando Nichiren y sus discípulos cantan Nam Myoho Rengue Kyo, saben que vida y muerte son funcionamientos intrínsecos de la esencia fundamental. Ser y no Ser, nacimiento y muerte, aparición y desaparición, existencia mundana y extinción futura, todos son procesos esenciales y eternos.

La esencia de la vida es la Ley Mística.

Colmado de compasión profunda, el Buda ilumina las realidades de la vida y la muerte tal como son. Tal es el reflejo de la penetración del Buda en una realidad constante y última para todas las formas de vida, así como la expresión de la posibilidad de salvación, proporcionada para calmar los sufrimientos de los muertos.

Con la declinación del sistema solar y de la Tierra, la vida, tal como la conocemos, será presumiblemente destruida. Pero si se puede probar que otros reinos del universo ofrecen potencial de vida y condiciones que la sustenten, tendremos la verificación científica de la posibilidad de que el nacimiento y muerte fluyan por todo el cosmos, repitiendo eternamente el ciclo de la transmigración. Aun si esa verificación científica, no hay nada que nos impida aceptar esta idea por fe.

La fuerza vital es omnipresente; su funcionamiento subyace bajo el cíclico nacer de todos los fenómenos vivientes. La vida universal estaba en operación durante el proceso de tres mil millones de años requeridos para la evolución constante.

El funcionamiento dinámico de la vida cósmica llegó a su cenit con la aparición del hombre. Al adaptarse y responder a una enorme variedad de condiciones externas, esta fuerza esencial canalizó la evolución hacia la forma humana. Esto significa que cada ser humano tiene una profunda e intensa comunión con la entidad infinita y eterna que constituye la esencia de la vida universal. El plan evolutivo básico de la vida como un todo y del hombre en especial debe desarrollarse en todo el macrocosmos, aun en los planetas que están más allá de nuestra capacidad de observación. Aunque el sentimiento religioso resulta inseparable de muchas otras cualidades humanas, es el impulso principal que causa el desarrollo de la inteligencia y la moralidad. Es el impulso que llevó al hombre a hacer su aparición en el mundo.

Si logramos establecer el concepto de la vida eterna como algo más que una idea intelectual, si en el correr de los años la constituimos en parte integral de nuestra vida, entonces nos servirá de arma poderosa cuando nos llegue la hora de enfrentarnos a la muerte. Solo espero que cuanto he escrito ayude a mis lectores a construirse una actitud fuerte y positiva con respecto a la eternidad de la vida

En su obra intitulada Sobre las enseñanzas últimas confirmadas por todos los Budas, Nichiren Daishonin dice: El Buda perfectamente iluminado en los Tres Cuerpos, toma todo el universo como su verdadero cuerpo, toma todo el universo como su naturaleza espiritual, toma todo el universo como su existencia física. De estas enseñanzas se desprende claramente que “el Buda perfectamente iluminado en los Tres Cuerpos” se refiere a nosotros mismos en estado de iluminación. Puesto que Nichiren Daishonin enseñaba que la vida y la muerte son solo dos aspectos de la vida eterna, deducimos que los Tres Cuerpos se pueden hallar tanto en la muerte como en la vida, pues son inherentes a la vida cósmica en sí, ya se encuentren en estado sensible o en el no sensible.

A la hora de la muerte, los Tres Cuerpos se unifican con el flujo eterno del universo.

Quien ha vivido siempre dirigido al Infierno, cae aún más en el abismo de agonía después de su muerte. Quien ha sucumbido constantemente al deseo se siente aún más torturado por la frustración. Otro, básicamente, inclinado hacia la Animalidad, experimenta un estado permanente de espantoso terror.

Por el contrario, la persona cuya tendencia fundamental se encamina hacia la Humanidad o la Exaltación, superará el dolor físico de la muerte y se colmará de satisfacción. Lo más importante: una vida basada en la compasión y el altruismo del Bodhisattva retendrá esos sentimientos a través de la experiencia de la muerte y sus secuelas.

La muerte nos desenmascara a todos.

Puesto que el estado de quienes mueren en los reinos superiores de la existencia es una condición feliz, se podría suponer que un ser en estado de Bodhisattva o de Buda se contentaría con seguir muerto por tiempo indefinido. Pero ocurre lo contrario: el sentido de responsabilidad hacia otros, la sensación de compasión infinita para con los demás, hacen que reaparezcan en el mundo de los vivos de inmediato.

Cuando reaparece en el mundo una vida en estado de Infierno, sus actividades conservan la misma tendencia. Lo mismo ocurre con las vidas en estado de Hambre, Animalidad o cualquiera de los otros estados del ser. No hay, por supuesto, garantías de que una persona en uno de los estados inferiores no renazca como animal, ameba o ser extraño en otro planeta.

Decía Toda sensei: La compasión es esencial para la fe; también es la fuente fundamental de energía. Mientras vivimos nos une con el cosmos y custodia nuestros actos. Mientras estamos muertos, se convierte en la energía que a su debido tiempo ocasionará nuestro renacer. La energía de la compasión lleva al ser latente a adquirir la forma de vida en que mejor pueda expresar su compasión. El ser humano es un instrumento más adecuado para la compasión que las plantas o los animales.

El Sutra Ubasokukai dice: “Aun cuando un padre muere y desciende al mundo del Hambre, si su hijo le envía buna suerte él la recibirá”. Esto significa que si el don de energía del hijo, tomado de la compasión cósmica suprema, es otorgado al padre muerto, se mejora la suerte del ser latente. La energía solo puede ser convocada por los vivos.

Cuales son entonces las implicaciones prácticas de esta filosofía:

En primer lugar, nos proporciona el valor de desafiar tanto la vida como la muerte. Nos capacita para contemplar la muerte, no como algo desconocido y aterrorizante, sino como una fase normal de la existencia, que se alterna con la vida en un ciclo eterno.

En segundo término, nos enseña a apreciar la vida que nos ha tocado en la actualidad y tratar de hacerla tan digna como sea posible. Si creemos sinceramente que nuestra conducta actual crea y determina nuestras existencias futuras, nos esforzaremos por cultivarnos y aprovechar al máximo lo que cada día nos ofrezca.

En tercer lugar, nos enseña que el único modo de realizar el potencial de la raza humana es llevar una vida justa, bondadosa, benévola y compasiva. Es una ayuda saber que cada actividad a la que nos dedicamos puede ser la fuente del desarrollo y la reforma del yo. Es consolador pensar que de la buena fortuna amasada por nuestra conducta queda intacta ante la muerte, que es integral con la vida misma y enaltece nuestro ser eterno.

Al abrigar esta filosofía podemos convertir cada dificultad en una fuente de poder que dará júbilo a nuestra vida. Las pruebas a las que nos enfrentamos se convierten en elementos para fortalecer nuestro carácter. La adversidad se torne en suelo fértil en donde brotarán y florecerán diminutos brotes verdes. Cada gota de sudor vertida en la lucha por la autoprotección y el mejoramiento de nuestra sociedad se transforma en la simiente de una mayor energía.

El único remedio infalible para los males que asolan la civilización moderna consiste establecer las enseñanzas budistas de Nichiren Daishonin en el corazón de cada individuo viviente. Tal es la clave para el siglo XXI: El medio por el cual podremos alcanzar la victoria definitiva para la humanidad.

 

IGNACIO SÁNCHEZ (MAYO 2020)

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.